La noche en la que los traperos se volvieron católicos (o cómo persiste la fiebre colonial en el traje de la nueva neo-cruzada del imperio neo-hispánico)

Hace casi dos décadas le escuché al ex-profesor Luis Eduardo Hoyos (notable conocedor de Schopenhauer y del liberalismo político) un dicho que sacó tantas carcajadas como gestos de indignación entre sus estudiantes: “Decir filósofo español es lo mismo que decir torero alemán”. Por supuesto yo estaba en el bando de las carcajadas. Jamás había sentido algo distinto a la sana expectativa respecto a los filósofos españoles (a quienes en aquel momento desconocía) hasta que supe del culto alrededor del nonagenario Gustavo Bueno. De entrada, su nombre da cuenta de que el humor constituye ontológicamente a la hispanidad. Si se tratara de la honesta, directa y, a veces, odiosa lengua alemana, Gustavo debería apellidarse Regular. Encima, su corriente (porque tiene una) se denomina buenismo cuando pocas cosas están más lejos de la bondad o de ser buenas en el sentido de interesantes o atractivas. Es casi inverosímil que la historia de este movimiento no la hubiera escrito Francisco de Quevedo; su sola existencia me hace dudar sobre la posibilidad de que se trate de una hilarante proyección colectiva, una tulpa (pero hispánica) como aquellas que describe Alexandre David-Neel. Con el buenismo se entiende que la presunta ironía del profesor Hoyos no era más que una descripción forense. Pero si el buenismo es malismo en strictu sensu, las cosas no mejoran en lo absoluto con quienes, en la península de la fantasía, le heredan y le patean, pongamos por caso al neo-católico Ernesto Castro más cercano filosóficamente a Rosalía que, incluso, a su santo patrón: Gustavo Pésimo.

Dejémonos de tonterías, el verdadero filósofo de España fue y será siempre Cervantes. Nadie como él ha podido llegar tan al fondo del corazón castellano y haciendo lo que muy pocos filósofos han conseguido: una obra de belleza superior. Los intentos de Gustavo Bueno por sacar a España de un supuesto oscurantismo legaron a la literatura hispánica una enciclopédica colección de disparates conceptuales y neologismos más oscuros que la Santa Inquisición. Los buenistas, de hecho, honrando a sus tradiciones, con las cuales están oscuramente fascinados, parecen más inquisidores que filósofos. Nada más ver treinta segundos (2x) de las bochornosas intervenciones de Gustavo Badass en la televisión española para constatarlo y ni qué decir de sus discípulos de quienes no se entiende cómo no arruinan las computadoras desde las que graban sus vídeos de YouTube (su vehículo oficial) con la ingente cantidad de babaza rabiosa que arrojan por sus bocas.

Físicamente me es imposible entrar a detallar aquí por qué el buenismo es una filosofía de Pero Grullo (basta con ojear los libros de Gustavo); los alientos que me quedan son, a duras penas, para puntualizar en que es una importante representación contemporánea del ánimo colonialista que nunca dejó de reverberar en el ímpetu español. La sangre amerindia sometida fue un sabor que el imperio hispánico clavó con estacas de oro en la psique de sus descendientes con más fuerza que la que usó Roma para clavar a Jesús en la cruz.

Enredado en el apego a sus gestas, pervive el terrible complejo de inferioridad de los españoles (respecto de los demás europeos, claro está). Su complejo les incita no solo a crear sistemas filosóficos más quijotescos que el Quijote, sino a dulcificar la historia de su despreciable imperio para hacerlo pasar por un transparente y bondadoso proyecto civilizatorio. Según las fantasias del buenismo, en oposición a todas las mentiras repetidas por las resentidas difusoras de la leyenda negra, el Imperio sin tacha no hizo nada distinto a promover un amoroso mestizaje católico, un enriquecedor y dignificante cruce de culturas y un poderoso bloque hispánico de resistencia al avance de la depredación francesa y británica. Manosean a la Escuela de Salamanca (que, entre otras cosas, participa del espíritu ilustrado que los buenistas aborrecen) como si ésta no hubiera sido tan ignorada en su tiempo como lo es ahora. Los buenistas, a quienes tanto molesta el marxismo cultural, tienen más falsas buenas intenciones que todo el conglomerado woke con el que, además, parecen haber entrado en una batalla de Age of Empires (y no cultural, como dicen). Erran en su ilusa pretensión de que el continente que invadieron sigue siendo una rara especie de tumor espiritual de la Hispania. No logran sobreponerse a vivir de la superchería de que los americanos les adeudamos la lengua y la cultura. Para dicha nuestra, quienes descendemos del expolio, heredamos al Quijote, sí, además de otra poderosa cosmovisión cuyas maravillas se mantienen ocultas para la ceguera y la estupidez europeas.

Al circo de malabares mentales del buenismo no le dan crédito ni los mismos buenistas. Ernesto Castro, otra promesa millennial, abandonó el buenismo en el 2019 para seguir siendo buenista (o sea, mal filósofo) no en el discurso sino en la práctica: tras sobrevivir a una depresión de niño rico del primer mundo, a la disforia capilar y a la caída de un caballo llamado Rucio, Ernesto Panza tuvo una revelación que (vaya, vaya) lo convirtió al catolicismo. ¡Qué coincidencias las que se dan en la ínsula ibérica! ¿Acaso la estrella de La Voz Kids España, la muy original Rosalía, no despertó hace poco con una aureola que compite con la más perfecta calva monacal? En aquel rincón del mundo en el que avanza el discurso misógino, racista y ultramontano de Vox, cuyos miembros desempolvan el disfraz de los cruzados, la iluminación espiritual católica viene al rescate de las sensibles y talentosas almas hispánicas. ¡Qué paradojas y qué quijotadas! Todo hace parte del mismo fenómeno del presente en el que nada se interpone a nadaVox Kids, el capitalismo imperial y el neoliberalismo místico son una sola y misma cosa.

Última aparición pública de Rosalía en Barcelona. Ah, no, disculpen, es Tomás tonsurado.

Ernesto: te creeríamos, si desapareces de verdad y en cien años te encuentran fosilizado al lado de tus visiones cual San Antonio Abad. Sabemos, sin embargo, que tal proeza no sucederá y que te has propuesto enquistarte en el podio de los filósofos para seguir poniendo en ridículo a esta malograda profesión. Sin duda, cada vida es ejemplar a su manera. Las existencias ejemplares de los milennials lo son no por sus “valientes” decisiones, sino por simular que deciden lo que, sin ninguna conciencia, encarnan. ¡Neo-recórcholis, Hegel! Después de todo, ni tan equivocado estabas.

La generación desangelada

Permítaseme hundirme en esta fantasía que expresa bastante bien las obsesiones nostálgicas de mi tiempo: nacer a principios de la década de los cincuenta y crecer para ser groupie de alguna grandiosa banda de protopunk cuyo mejor álbum haya sido lanzado en 1968. Eso y no nacer en el año más sangriento de la historia reciente de mi país, un mes antes de la caída del muro Berlín y caber, redonda, en una pútrida categoría de los genios de la mercadotecnia: millennial. Que no hayamos sido nosotros los creadores de ningún mote para nuestra propia generación confirma la cancelación del futuro a la se refería Mark Fisher en Los fantasmas de mi vida. Asumimos ciegamente ser un nicho del mercado; nos han tratado como a un bloque de incapaces, entregados al régimen del consumo global y a su legitimación y entronización. Tanto peor: así nos hemos dejado tratar, adoptando la categoría impuesta, poniéndole el cuerpo aunque no la personalidad porque de eso, más bien, poco. Con todo, podríamos ser peores de lo que somos. Soy de las que cree en la superstición de que haber crecido en un mundo aún analógico nos da algo más de perspectiva (aunque no demasiada).

Lo cierto es que para una generación como la nuestra, el atrevimiento a pensar es una auténtica odisea: navegamos en un mar de distracciones en el que nuestra capacidad de atención está secuestrada por el Kraken de la curaduría de nuestro perfil digital. Sin embargo, de tanto en tanto, aparecen por ahí Ulises, Ulisas, con disposición a emprender el viaje de regreso. El propósito de deshumanizarnos es todavía de largo aliento y los (ya no tan) jóvenes filósofos y filósofas de la deprimente generación millennial alguna cosa tendrán para decir. Con esa esperanza, escarbé en la obra de una celebridad alemana nacida en 1980: Markus Gabriel.

Supe de Gabriel hace muchos años cuando vacacionó en el Departamento de Filosofía en el que estudié en Bogotá. Como en la academia del sur global los estudiantes (en especial los de Filosofía) suelen deslumbrarse con cualquier bobería made in the North, no reparé mucho en la visita de tan ilustre joven promesa (que en aquel entonces me parecía ya un poco vieja), pero escuché los rumores. Algunos decían que Gabriel, el políglota del siglo, había vencido magistralmente en una discusión al gran conocedor del Idealismo alemán y traductor de Hegel al español, el profesor Jorge Aurelio Díaz. Me costó mucho creer tales hazañas. Jorge Aurelio es una persona muy alegre y amable cuyo sello personal es la arrolladora sencillez; es difícil imaginarlo entrando en jueguitos dialécticos con algún adolescente venido a más. Ya que el tiempo siempre termina separando la paja del trigo, me causó curiosidad el enorme éxito editorial de Gabriel y su agigantada popularidad en Alemania: ¿tendrá algo que decirnos aquel niño genio de Bonn o estamos ante otra fabricación del marketing de la academia?

Gabriel es, en efecto, un autor muy prolífico. No es un representante de la moda filosófica del realismo especulativo, lo cual interpreté como una bandera verde (para usar un término à la mode). Él pertenece a otra vanguardia: la del Nuevo Realismo. Comparte con Mauricio Ferraris la preocupación por la renuncia a un cierto margen de objetividad en los asuntos sociales y políticos; una renuncia que nos ha traído grandes pesadillas, como la de la posverdad. Gabriel, además, pontifica sobre la importancia de los ‘hechos éticos’ y la necesidad de encaminarnos, con ellos, hacia lo que llama ‘progreso moral’. Se siente en su obra, no obstante, un tufillo permanente a la ya prehistórica filosofía analítica, en especial cuando se refiere a campos sentido, hechos mentales, ámbito objetual, etc. Los títulos de sus libros nos recuerdan a los trucos que los viejos analíticos vendían como auténticas experiencias científicas: “no soy mi cerebro”, “sentido, sinsentido, subjetividad”, “el mundo no existe”, etc. Tal parece que se adaptó bastante bien a la ideología según la cual lo que realmente no existe es una mejor manera de escribir filosofía que la que nos heredó la ‘claridad anglosajona’. Si bien Gabriel expresa este zeitgeist, muchos de sus problemas filosóficos descansan en una orilla en la que a la filosofía nunca le interesó subsumirse a la ciencia ni adoptar sus métodos. Así tenemos que Gabriel nos habla de neoexistencialismo aunque no queda claro si él se considera a sí mismo un neoexistencial.

No es difícil ver en nuestro filósofo millennial su cruda adaptación al capitalismo académico a juzgar por su atavío. Cada vez que es invitado a un conversatorio, Gabriel luce como un ejecutivo que parece querer representar a un sofisticado ingeniero de conceptos al que no le falta conciencia sobre los dramas internacionales de la desiguladad. No es que pretenda reducirlo al traje (¿o sí?), pero en cuanto al estilo se puede oler mucha más dignidad performativa en el permanente desparpajo y en la inconfirmable suciedad de Slavoj Žižek. Hay algo muy perturbador, aunque esperable, en que una de las figuras más populares de la filosofía millennial quepa fácil en un molde de tan crasa obviedad: el que supuestamente supera la disputa analítica y continental y nos instala en nuevos debates en los que la lingua franca -la única de las ochocientas lenguas que Gabriel, el políglota, realmente domina- es la jerga de la cientifización. Todo esto nos devuelve al único realismo del que no debemos sospechar: el realismo capitalista denunciado por Jameson y por Zizek como la imposibilidad impuesta de imaginar otro mundo; este es el realismo del que nos quiere sacudir con tanta insistencia Fisher. También se necesita un acto desbordado y, definitivamente, valiente de la imaginación para que la filosofía sea capaz de hablar con otro tono o, por lo menos, sea capaz de volver a querer tener alguno.

Markus, niño alemán mostrando con naturalidad que él no es su cerebro.

Tristemente Gabriel, quien seguramente sí fue un genio (pero millennial, lo que representa una archi-corrupción de cualquier potencial), quedó reducido a las cenizas del filósofo: un vendedor de ‘ética’ para asesorar ejecutivos interesados en poner en práctica la responsabilidad social empresarial. Podría ser el guión de una tragicomedia de Netflix: niño filósofo políglota de Bonn resultó ser un hombre de éxito (aunque parezca vestido con ropa del Éxito). ¡Ecce homo! Otro representante de la decadencia de nuestra generación desangelada.

Nos recuerda Jacques Derrida, al comienzo de su obra Políticas de la amistad, una enigmática frase atribuida a Aristóteles: “Amigos, no hay ningún amigo”. ¡¿Será posible?! Amigas, ¿no hay realmente amigas o quizás las estamos buscando donde no las vamos a poder encontrar? ¡Oh, Mariel Gabkus, no nos intentes engañar!

Cerebros destruidos …más que una fabulosa canción de Eskorbuto

A propósito de lo que he leído sobre Deleuze, volvamos al motivo del grabado: “El sueño de la razón produce monstruos” de Francisco de Goya.

El cuerpo del pensamiento de Deleuze es el de un monstruo nacido del más razonable de los empeños. Su desbordada ambición consiste en tomar todo cuanto ha preocupado a los filósofos, desde Parménides, y ponerlo de cabeza: agarrar una máscara, darle la vuelta y volvérsela a poner. Las máscaras de los filósofos solían tener rostro (en Platón, sospechosamente bello), lo que nos presenta Deleuze es una pura provocadora deformidad ansiosa. Él mismo confiesa sus métodos como si de un acto de brutal abuso se tratara: “Me imaginaba acercándome a un autor por la espalda para engendrarle un hijo que fuera suyo, pero que, sin embargo, fuese un monstruo. Era muy importante que fuera suyo, porque el autor tenía que decir efectivamente todo lo que yo le hacía decir. Pero el hijo tenía que ser un monstruo, porque era necesario que sufriera toda clase de desvíos, de elisiones, de sutiles cambios de marcha…” Gilles Deleuze, Carta a un crítico severo

Deformar a la filosofía (aunque al parecer Deleuze quería ir más lejos todavía) fue un llamado al que respondieron varios pensadores europeos después de la Segunda Guerra Mundial. Era necesario hacer de ella algo distinto de lo que había sido de Platón a Heidegger. La filosofía nos había puesto ya ante varios monstruos que anunciaban no sólo de qué estaba hecho todo sino hacia dónde iría y cómo, sin modo alguno de escapar. Toda vez que un filósofo intentaba salir …o era débil, como Kant para Hegel, o rápidamente regresaba al terreno de la monstruosidad, como Heidegger pastoreando al Ser (en su Patria y en Deutsch). Es débil Kant, diría Hegel, dejando una ventana abierta para respirar: cuando separa al pensamiento de la realidad y saca del ámbito de lo cognoscible (como fenómeno) aquello que es en sí y por sí mismo. He aquí la estructura de la crítica que Hegel hace a todos los filósofos que le preceden: “nada afuera, todo atado con un hilo de grafeno y si no es así… yo, Hegel, sabré ponerlo en su lugar”. El modelo hegeliano representa, par excellence, a la boa constrictora de la filosofía: omnipresente, inmanente, totalizante, nadie sale vivo, todos espiritualizados

Con esa premisa en el fondo, Deleuze es uno de los que quiere volver a hacer a la Filosofía, toda, pero hacerla bien. Pasa con él lo mismo de lo que habla Nietzsche en el Zaratustra: “¿volverías a vivir tu vida exactamente como ya fue?” Deleuze, extático, responde: “¡sí! ¡Todo otra vez, por favor! Pero …esquizofrénico”. Y, así, vuelve todo otra vez ya no como tragedia sino como farsa, diría Marx. Esquizofarsa. Deleuze fabrica a la Filosofía de nuevo, aunque muy convencido de que es otra: a la sustancia la reemplaza la diferencia; a los accidentes, la repetición; a la potencia, la virtualidad, etc. etc. etc. Una vez terminada, la filosofía esquizofrénica (oh, sorpresa) tiene todos los mismos problemas que aquella otra razonable señora, tal vez menos interesante porque hacerse la loca no era, exactamente, lo que más disfrutaba. Decía Nietzsche, cuando se le antojaba el tono oracular: “¡Eternamente corre el año del Ser!” 2026: otro año más en el que el Ser ríe de …la Différence, o sea del Ser con una nueva y loquísima ropa. Dice el Ser a la señora Ser y a sus hijitos seres: “Ya fuimos griegos, ya fuimos alemanes… ahora seamos franceses”.

Sin embargo, muy pronto, los creadores del Ser en francés, DyG, entran en una batalla muy común entre los punks: quién es el más genuino, quién es (para usar un término popular en Colombia) “el más podrido”. Después de lanzar patadas indiscriminadamente como en un ‘pogo’; después de defenestrar a la aburrídisima, anciana y psicorígida señora Filosofía desde algún salón de la Universidad de Vincennes; cuando ya nos han dicho que «El esquizo no tiene identidad, se mantiene en el límite mismo del desmantelamiento… No hay un sujeto que se mueva en el espacio, sino intensidades que se desplazan, que suben y bajan, que pasan por todos los estados del deseo. El viaje del esquizo es un movimiento puro, una deriva donde las identidades se disuelven en flujos moleculares.» (DyG en El Anti-Edipo), de repente, los frumieux punks de París nos ponen ejemplos, a decir verdad, más bien aristotélicos de tales vehementes devaneos. Esperábamos un brote psicótico después de tan escandalosas declaraciones, pero DyG nos traen el devenir abejorro-orquídea (Mil Mesetas, introducción al Rizoma): ¡ya basta, muchachos, detengan este ascensor descolgado! Les pasa a los dos chicos más rudos de Francia lo que solía pasarle a los punks de clase alta. A la hora de mostrar qué hacer con sus botas, si patear policías o saltar charcos, los rebeldes adinerados optaban por correr bajo la lluvia mientras el maquillaje se derretía en sus inocentes rostros. Un gesto muy ¿…oh, lá lá, c’est Mai 68, tal vez? Está bien, dejemos a Mayo del 68 en paz, alma bendita.

Fuera de chiste, quiero llamar la atención sobre lo siguiente: un resultado esquizoide es cómo las transgresiones deleuzianas terminan en manos de esquizofrénicos verdaderos, aquellos que no tienen reparos en llevar hasta sus últimas consecuencias los llamados de Deleuze, por ejemplo, a devenir inhumanos. Si Deleuze tenía la intención de que tales llamados fueran hechos para cuestionar a la entidad Hombre-blanco-occidental abriendo paso a identidades, o intensidades, antes invisibilizadas, no es, en realidad, relevante. La sabiduría popular nos recuerda que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. De hecho, un intenso lector de Deleuze podría ser considerado uno de los perros de tres cabezas que custodian sus puertas. ¿Su nombre? Nick Land. Es él quien lleva al punto más transgresor muchas de las premisas deleuzianas. Mr. No-One’s-Land toma conceptos como la desterritorialización para dar un salto verdaderamente mortal: llevar al capitalismo hasta el final… hasta el final de la humanidad que, después de todo, según él, no es más que un exceso desagradable e inútil de materia orgánica. no-Land no sigue los consejos de Deleuze, bastante ridículos, de ponerse “inyecciones de prudencia” (hablan de éstas en Mil Mesetas) para no caer en la “autodestrucción”. ¿Cómo? ¿Prudencia? ¿Templanza? ¡Qué valores son esos! (¿Otra vez tú, Aristóteles?) ¿Dónde quedó el incesante flujo de todos los estados del deseo? Land, siguiendo el ejemplo que aprenden los niños (es decir, lo que hacen y no lo que dicen sus padres), lanza las vacunas contra la esquizofrenia por la ventana ya no de Vincennes sino de Warwick. Si se trata de devenir inhumanos, es en realidad eso: no animales ni plantas. Si se trata de crear un verdadero Cuerpo sin Órganos, ¿qué mejor cuerpo sin órganos que la singularidad tecnológica que promete la aceleración del Capital? Land hace esto no veinte ni treinta años después de Deleuze. Aún estaba vivo nuestro alocado francés cuando un jovencísimo Land empezaba a hacer de las suyas con aquellas incitadoras palabras.

Tras tantas bufonadas, provocaciones, juegos mentales, propuestas para escandalizar a las señoras conservadoras y marear hasta la náusea a los marxistas, un punkero podrido terminó trepándose en impensables alturas, convirtiéndose en el más completo ideólogo del fascismo contemporáneo. Vuelve otra vez la pesadilla: por enésima vez, un enfermo mental obedece al camino trazado por algún rudo, pero bienintencionado, filósofo. El creador del abc de los poderosos y mega-ricos techboys de Silicon Valley, el autor de la película de terror mejor escrita de nuestra época: el aceleracionismo de derecha, es, podríamos decir, un incel deleuziano. “Triste destino para D&G…” (Deleuze y Guattari, no Dolce & Gabbana, aunque, a la larga, devienen lo mismo) dirán algunos de los increíblemente humildes, muy poco snobs, seguidores de la filosofía de la diferencia: “¿Cómo pudo pasar?” Bien hacen en recordarnos las almas que sí se ponen su inyección de prudencia que no tienen la culpa los sabios de cómo los interpretan los tontos.

Las devenidas no-seguidoras de Deleuze nos interrogamos como el meme: ¿Nos sorprende? No, no nos sorprende. En realidad, nos asquea, pero ya estamos acostumbradas a estos malestares estomacales filosóficos. Raro sería que un filósofo fuera, verdaderamente, otro y no uno más de los de… siempre.