Permítaseme hundirme en esta fantasía que expresa bastante bien las obsesiones nostálgicas de mi tiempo: nacer a principios de la década de los cincuenta y crecer para ser groupie de alguna grandiosa banda de protopunk cuyo mejor álbum haya sido lanzado en 1968. Eso y no nacer en el año más sangriento de la historia reciente de mi país, un mes antes de la caída del muro Berlín y caber, redonda, en una pútrida categoría de los genios de la mercadotecnia: millennial. Que no hayamos sido nosotros los creadores de ningún mote para nuestra propia generación confirma la cancelación del futuro a la se refería Mark Fisher en Los fantasmas de mi vida. Asumimos ciegamente ser un nicho del mercado; nos han tratado como a un bloque de incapaces, entregados al régimen del consumo global y a su legitimación y entronización. Tanto peor: así nos hemos dejado tratar, adoptando la categoría impuesta, poniéndole el cuerpo aunque no la personalidad porque de eso, más bien, poco. Con todo, podríamos ser peores de lo que somos. Soy de las que cree en la superstición de que haber crecido en un mundo aún analógico nos da algo más de perspectiva (aunque no demasiada).
Lo cierto es que para una generación como la nuestra, el atrevimiento a pensar es una auténtica odisea: navegamos en un mar de distracciones en el que nuestra capacidad de atención está secuestrada por el Kraken de la curaduría de nuestro perfil digital. Sin embargo, de tanto en tanto, aparecen por ahí Ulises, Ulisas, con disposición a emprender el viaje de regreso. El propósito de deshumanizarnos es todavía de largo aliento y los (ya no tan) jóvenes filósofos y filósofas de la deprimente generación millennial alguna cosa tendrán para decir. Con esa esperanza, escarbé en la obra de una celebridad alemana nacida en 1980: Markus Gabriel.
Supe de Gabriel hace muchos años cuando vacacionó en el Departamento de Filosofía en el que estudié en Bogotá. Como en la academia del sur global los estudiantes (en especial los de Filosofía) suelen deslumbrarse con cualquier bobería made in the North, no reparé mucho en la visita de tan ilustre joven promesa (que en aquel entonces me parecía ya un poco vieja), pero escuché los rumores. Algunos decían que Gabriel, el políglota del siglo, había vencido magistralmente en una discusión al gran conocedor del Idealismo alemán y traductor de Hegel al español, el profesor Jorge Aurelio Díaz. Me costó mucho creer tales hazañas. Jorge Aurelio es una persona muy alegre y amable cuyo sello personal es la arrolladora sencillez; es difícil imaginarlo entrando en jueguitos dialécticos con algún adolescente venido a más. Ya que el tiempo siempre termina separando la paja del trigo, me causó curiosidad el enorme éxito editorial de Gabriel y su agigantada popularidad en Alemania: ¿tendrá algo que decirnos aquel niño genio de Bonn o estamos ante otra fabricación del marketing de la academia?
Gabriel es, en efecto, un autor muy prolífico. No es un representante de la moda filosófica del realismo especulativo, lo cual interpreté como una bandera verde (para usar un término à la mode). Él pertenece a otra vanguardia: la del Nuevo Realismo. Comparte con Mauricio Ferraris la preocupación por la renuncia a un cierto margen de objetividad en los asuntos sociales y políticos; una renuncia que nos ha traído grandes pesadillas, como la de la posverdad. Gabriel, además, pontifica sobre la importancia de los ‘hechos éticos’ y la necesidad de encaminarnos, con ellos, hacia lo que llama ‘progreso moral’. Se siente en su obra, no obstante, un tufillo permanente a la ya prehistórica filosofía analítica, en especial cuando se refiere a campos sentido, hechos mentales, ámbito objetual, etc. Los títulos de sus libros nos recuerdan a los trucos que los viejos analíticos vendían como auténticas experiencias científicas: “no soy mi cerebro”, “sentido, sinsentido, subjetividad”, “el mundo no existe”, etc. Tal parece que se adaptó bastante bien a la ideología según la cual lo que realmente no existe es una mejor manera de escribir filosofía que la que nos heredó la ‘claridad anglosajona’. Si bien Gabriel expresa este zeitgeist, muchos de sus problemas filosóficos descansan en una orilla en la que a la filosofía nunca le interesó subsumirse a la ciencia ni adoptar sus métodos. Así tenemos que Gabriel nos habla de neoexistencialismo aunque no queda claro si él se considera a sí mismo un neoexistencial.
No es difícil ver en nuestro filósofo millennial su cruda adaptación al capitalismo académico a juzgar por su atavío. Cada vez que es invitado a un conversatorio, Gabriel luce como un ejecutivo que parece querer representar a un sofisticado ingeniero de conceptos al que no le falta conciencia sobre los dramas internacionales de la desiguladad. No es que pretenda reducirlo al traje (¿o sí?), pero en cuanto al estilo se puede oler mucha más dignidad performativa en el permanente desparpajo y en la inconfirmable suciedad de Slavoj Žižek. Hay algo muy perturbador, aunque esperable, en que una de las figuras más populares de la filosofía millennial quepa fácil en un molde de tan crasa obviedad: el que supuestamente supera la disputa analítica y continental y nos instala en nuevos debates en los que la lingua franca -la única de las ochocientas lenguas que Gabriel, el políglota, realmente domina- es la jerga de la cientifización. Todo esto nos devuelve al único realismo del que no debemos sospechar: el realismo capitalista denunciado por Jameson y por Zizek como la imposibilidad impuesta de imaginar otro mundo; este es el realismo del que nos quiere sacudir con tanta insistencia Fisher. También se necesita un acto desbordado y, definitivamente, valiente de la imaginación para que la filosofía sea capaz de hablar con otro tono o, por lo menos, sea capaz de volver a querer tener alguno.

Tristemente Gabriel, quien seguramente sí fue un genio (pero millennial, lo que representa una archi-corrupción de cualquier potencial), quedó reducido a las cenizas del filósofo: un vendedor de ‘ética’ para asesorar ejecutivos interesados en poner en práctica la responsabilidad social empresarial. Podría ser el guión de una tragicomedia de Netflix: niño filósofo políglota de Bonn resultó ser un hombre de éxito (aunque parezca vestido con ropa del Éxito). ¡Ecce homo! Otro representante de la decadencia de nuestra generación desangelada.
Nos recuerda Jacques Derrida, al comienzo de su obra Políticas de la amistad, una enigmática frase atribuida a Aristóteles: “Amigos, no hay ningún amigo”. ¡¿Será posible?! Amigas, ¿no hay realmente amigas o quizás las estamos buscando donde no las vamos a poder encontrar? ¡Oh, Mariel Gabkus, no nos intentes engañar!