A propósito de lo que he leído sobre Deleuze, volvamos al motivo del grabado: “El sueño de la razón produce monstruos” de Francisco de Goya.

El cuerpo del pensamiento de Deleuze es el de un monstruo nacido del más razonable de los empeños. Su desbordada ambición consiste en tomar todo cuanto ha preocupado a los filósofos, desde Parménides, y ponerlo de cabeza: agarrar una máscara, darle la vuelta y volvérsela a poner. Las máscaras de los filósofos solían tener rostro (en Platón, sospechosamente bello), lo que nos presenta Deleuze es una pura provocadora deformidad ansiosa. Él mismo confiesa sus métodos como si de un acto de brutal abuso se tratara: “Me imaginaba acercándome a un autor por la espalda para engendrarle un hijo que fuera suyo, pero que, sin embargo, fuese un monstruo. Era muy importante que fuera suyo, porque el autor tenía que decir efectivamente todo lo que yo le hacía decir. Pero el hijo tenía que ser un monstruo, porque era necesario que sufriera toda clase de desvíos, de elisiones, de sutiles cambios de marcha…” — Gilles Deleuze, Carta a un crítico severo
Deformar a la filosofía (aunque al parecer Deleuze quería ir más lejos todavía) fue un llamado al que respondieron varios pensadores europeos después de la Segunda Guerra Mundial. Era necesario hacer de ella algo distinto de lo que había sido de Platón a Heidegger. La filosofía nos había puesto ya ante varios monstruos que anunciaban no sólo de qué estaba hecho todo sino hacia dónde iría y cómo, sin modo alguno de escapar. Toda vez que un filósofo intentaba salir …o era débil, como Kant para Hegel, o rápidamente regresaba al terreno de la monstruosidad, como Heidegger pastoreando al Ser (en su Patria y en Deutsch). Es débil Kant, diría Hegel, dejando una ventana abierta para respirar: cuando separa al pensamiento de la realidad y saca del ámbito de lo cognoscible (como fenómeno) aquello que es en sí y por sí mismo. He aquí la estructura de la crítica que Hegel hace a todos los filósofos que le preceden: “nada afuera, todo atado con un hilo de grafeno y si no es así… yo, Hegel, sabré ponerlo en su lugar”. El modelo hegeliano representa, par excellence, a la boa constrictora de la filosofía: omnipresente, inmanente, totalizante, nadie sale vivo, todos espiritualizados.
Con esa premisa en el fondo, Deleuze es uno de los que quiere volver a hacer a la Filosofía, toda, pero hacerla bien. Pasa con él lo mismo de lo que habla Nietzsche en el Zaratustra: “¿volverías a vivir tu vida exactamente como ya fue?” Deleuze, extático, responde: “¡sí! ¡Todo otra vez, por favor! Pero …esquizofrénico”. Y, así, vuelve todo otra vez ya no como tragedia sino como farsa, diría Marx. Esquizofarsa. Deleuze fabrica a la Filosofía de nuevo, aunque muy convencido de que es otra: a la sustancia la reemplaza la diferencia; a los accidentes, la repetición; a la potencia, la virtualidad, etc. etc. etc. Una vez terminada, la filosofía esquizofrénica (oh, sorpresa) tiene todos los mismos problemas que aquella otra razonable señora, tal vez menos interesante porque hacerse la loca no era, exactamente, lo que más disfrutaba. Decía Nietzsche, cuando se le antojaba el tono oracular: “¡Eternamente corre el año del Ser!” 2026: otro año más en el que el Ser ríe de …la Différence, o sea del Ser con una nueva y loquísima ropa. Dice el Ser a la señora Ser y a sus hijitos seres: “Ya fuimos griegos, ya fuimos alemanes… ahora seamos franceses”.
Sin embargo, muy pronto, los creadores del Ser en francés, DyG, entran en una batalla muy común entre los punks: quién es el más genuino, quién es (para usar un término popular en Colombia) “el más podrido”. Después de lanzar patadas indiscriminadamente como en un ‘pogo’; después de defenestrar a la aburrídisima, anciana y psicorígida señora Filosofía desde algún salón de la Universidad de Vincennes; cuando ya nos han dicho que «El esquizo no tiene identidad, se mantiene en el límite mismo del desmantelamiento… No hay un sujeto que se mueva en el espacio, sino intensidades que se desplazan, que suben y bajan, que pasan por todos los estados del deseo. El viaje del esquizo es un movimiento puro, una deriva donde las identidades se disuelven en flujos moleculares.» (DyG en El Anti-Edipo), de repente, los frumieux punks de París nos ponen ejemplos, a decir verdad, más bien aristotélicos de tales vehementes devaneos. Esperábamos un brote psicótico después de tan escandalosas declaraciones, pero DyG nos traen el devenir abejorro-orquídea (Mil Mesetas, introducción al Rizoma): ¡ya basta, muchachos, detengan este ascensor descolgado! Les pasa a los dos chicos más rudos de Francia lo que solía pasarle a los punks de clase alta. A la hora de mostrar qué hacer con sus botas, si patear policías o saltar charcos, los rebeldes adinerados optaban por correr bajo la lluvia mientras el maquillaje se derretía en sus inocentes rostros. Un gesto muy ¿…oh, lá lá, c’est Mai 68, tal vez? Está bien, dejemos a Mayo del 68 en paz, alma bendita.
Fuera de chiste, quiero llamar la atención sobre lo siguiente: un resultado esquizoide es cómo las transgresiones deleuzianas terminan en manos de esquizofrénicos verdaderos, aquellos que no tienen reparos en llevar hasta sus últimas consecuencias los llamados de Deleuze, por ejemplo, a devenir inhumanos. Si Deleuze tenía la intención de que tales llamados fueran hechos para cuestionar a la entidad Hombre-blanco-occidental abriendo paso a identidades, o intensidades, antes invisibilizadas, no es, en realidad, relevante. La sabiduría popular nos recuerda que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. De hecho, un intenso lector de Deleuze podría ser considerado uno de los perros de tres cabezas que custodian sus puertas. ¿Su nombre? Nick Land. Es él quien lleva al punto más transgresor muchas de las premisas deleuzianas. Mr. No-One’s-Land toma conceptos como la desterritorialización para dar un salto verdaderamente mortal: llevar al capitalismo hasta el final… hasta el final de la humanidad que, después de todo, según él, no es más que un exceso desagradable e inútil de materia orgánica. no-Land no sigue los consejos de Deleuze, bastante ridículos, de ponerse “inyecciones de prudencia” (hablan de éstas en Mil Mesetas) para no caer en la “autodestrucción”. ¿Cómo? ¿Prudencia? ¿Templanza? ¡Qué valores son esos! (¿Otra vez tú, Aristóteles?) ¿Dónde quedó el incesante flujo de todos los estados del deseo? Land, siguiendo el ejemplo que aprenden los niños (es decir, lo que hacen y no lo que dicen sus padres), lanza las vacunas contra la esquizofrenia por la ventana ya no de Vincennes sino de Warwick. Si se trata de devenir inhumanos, es en realidad eso: no animales ni plantas. Si se trata de crear un verdadero Cuerpo sin Órganos, ¿qué mejor cuerpo sin órganos que la singularidad tecnológica que promete la aceleración del Capital? Land hace esto no veinte ni treinta años después de Deleuze. Aún estaba vivo nuestro alocado francés cuando un jovencísimo Land empezaba a hacer de las suyas con aquellas incitadoras palabras.
Tras tantas bufonadas, provocaciones, juegos mentales, propuestas para escandalizar a las señoras conservadoras y marear hasta la náusea a los marxistas, un punkero podrido terminó trepándose en impensables alturas, convirtiéndose en el más completo ideólogo del fascismo contemporáneo. Vuelve otra vez la pesadilla: por enésima vez, un enfermo mental obedece al camino trazado por algún rudo, pero bienintencionado, filósofo. El creador del abc de los poderosos y mega-ricos techboys de Silicon Valley, el autor de la película de terror mejor escrita de nuestra época: el aceleracionismo de derecha, es, podríamos decir, un incel deleuziano. “Triste destino para D&G…” (Deleuze y Guattari, no Dolce & Gabbana, aunque, a la larga, devienen lo mismo) dirán algunos de los increíblemente humildes, muy poco snobs, seguidores de la filosofía de la diferencia: “¿Cómo pudo pasar?” Bien hacen en recordarnos las almas que sí se ponen su inyección de prudencia que no tienen la culpa los sabios de cómo los interpretan los tontos.
Las devenidas no-seguidoras de Deleuze nos interrogamos como el meme: ¿Nos sorprende? No, no nos sorprende. En realidad, nos asquea, pero ya estamos acostumbradas a estos malestares estomacales filosóficos. Raro sería que un filósofo fuera, verdaderamente, otro y no uno más de los de… siempre.
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